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Que te amen o que te teman

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Jorge Burruchaga ganó la Copa del Mundo con Argentina en 1986. En su equipo estaba Diego Maradona, el futbolista que alguna vez fue aplaudido por 80 mil personas en su presentación en el Napoli – los espectadores que asisten al estadio para ver una final de Champions rodean esa cifra-. En una ocasión, Jorge Valdano le dijo al periodista mexicano Juan Villoro que Burruchaga tenía dudas sobre algo que le había ocurrido a Maradona.

Valdano le sugirió a Burruchaga que hablara con el mismo Diego para que despejara sus dudas.

  • ¿Hablar con Diego? Si nunca he hablado con él, nunca me he atrevido – respondió Burruchaga.

En el campo, ambos futbolistas estaban a centímetros de distancia. Fuera de ella, estaban tan alejados que ni un largavista hubiera sido suficiente para divisarse. Pero la que sigue no es la historia de Maradona. Es la historia de otro Diego.

El martes 17 de marzo, los futbolistas del Atleti salieron a la cancha como si nunca antes hubieran jugado frente a un estadio repleto y extasiado. Pero no tardaron en darse cuenta de que las ganas y la intensidad, a veces, no son suficiente. Arda no le daba al equipo el salto de calidad, Cani sospechaba que no duraría más de 45 minutos en cancha y los rivales poblaban la banda izquierda para obligar al Atleti a acumular jugadores por esa banda – la de Gámez – y dejar más en solitario a Juanfran en ataque, que alguna vez dijo una frase que nunca olvidaré: “Este equipo volverá a jugar una final de Champions”. Era la única frase que daba un mínimo de esperanza para no llegar a la depresión después de la tragedia de Lisboa. Pero en esa frase había un sentido de pertenencia. Una vida. Un sufrimiento compartido por nosotros, por ellos y por muchos otros. Un azar que había sido injusto. Mario disparó al arco y cuando el azar – por fin de nuestro lado – hizo que el balón se desviara en un jugador rival, sabía que la promesa de su lateral derecho estaba más cerca de permanecer intacta. Cuando el árbitro pitó después de 120 minutos, con el croata con un esguince en el tobillo derecho, con Raúl García con un parche en la cara, con nuestro Miguel Ángel del arco con una lesión en el muslo izquierdo y con todo un estadio dispuesto a acompañar al Atleti hasta la muerte – escuchen el cántico conmovedor en esos minutos- no existía ningún Burruchaga y ningún Maradona. Cada jugador rojiblanco estaba a milímetros de distancia en el campo, pero su vínculo de pertenencia era tan grande que ni la presbicia hubiera impedido verlo.

El Niño Torres pateó el balón en el último penal del Atleti y quizás en ese instante el que más confianza tenía de que entraría al arco era él. La hinchada temía lo peor: que el asesino de su propia familia sea el hijo prodigo. La pelota ingresó y el Niño no hizo una celebración de las que venden portadas ni pueden repetirse una y otra vez en TV – de hecho, Torres es muy tímido –. Solo un apretón de puños. Kiessling mandaba arriba su disparo y el estadio gritaba y Juanfran se arrodillaba y tal vez lloraba con los ojos rojos, ojos rojos de los jugadores y de los hinchas que se abrazaban con la persona que tuvieran al costado y a la que probablemente no verán nunca más pero que en ese momento era el compañero perfecto para mirar como las estrellas del equipo abrazaban a Oblak; porque aquí no hay Burruchagas, aquí no hay Maradonas, y quizás lo que sí hay es un técnico en quien todos confían, respetan y sí, también obedecen pero no, no confunda obediencia con temor. Porque en el fútbol, es mejor que te amen a que te teman.

PD: Días después, con un Calderón más vacío por la resaca del martes, el Atleti ha jugado una primera parte muy buena contra el Getafe. Síntomas de que estamos recuperando el juego. Y Torres ha anotado. Y una vez más antes de que uno se haya acomodado en el sillón.

 Daniel R.

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Nos habíamos olvidado de que eran humanos

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Decía Rubén Uría que la temporada pasada nadie se enteró de aquello. De aquello de la lesión. Nuestro pulmón – Gabriel Fernández – sufrió una fisura en la costilla un mes antes de que seamos campeones. Le costaba respirar, y eso es un problema mayor cuando eres uno de los jugadores que más corre en el equipo y cuando el Atlético de Madrid depende, quizás un poco más que el resto, de ti. Tal vez todavía sea demasiado joven para percatarme, pero los que llevan décadas viendo fútbol ya lo han dicho: cuando Gabi está bien, el Atleti está bien. Un mes antes de que seamos campeones, la costilla de Gabi no estaba bien. No quiso que la prensa se enterara. Los aficionados no lo supimos. Nuestro capitán sabía que ese hueso de su cuerpo no lo pararía: él seguiría corriendo.

El corazón tiene una carga social muy fuerte y, en el fútbol, se le relaciona con la pasión. La pasión de patear un balón para luego besar el escudo. Diego Forlán, aún en sus mejores épocas en el Atleti, nunca besó el escudo y, en sus peores épocas, dijo que solo besaría el de Peñarol y el de Uruguay. Él lo sabía muy bien: el corazón de un club es su escudo en el pecho.

De Gabi han dicho que es el pulmón del Atlético de Madrid. Un pulmón adulto puede almacenar cerca de seis litros de aire y mientras más tenga un equipo de fútbol, mejor le irá. En marzo del 2014, después de eliminar al Milán, el diario As publicaba un artículo donde se mencionó que Gabi era el jugador que más corría en Europa: había recorrido 93 kilómetros en ocho partidos de Champions. El problema surge cuando, cerca de un año después, el pulmón protegido por esa costilla recuperada debe seguir trabajando con la misma intensidad y energía que la temporada pasada, a pesar de tener un aniversario más y el desgaste – físico y psicológico-  de la histórica liga. Cuando nos damos cuenta de que Tiago y Gabi no tienen recambio a pesar de que lo necesitan – en algunos partidos- pero, sobre todo, se lo merecen. Ellos y el Atlético de Madrid. Cuando después de haber ganado la Liga y ser subcampeones de Champions, hemos pasado de tener dos bandas que se tragaban toda la cancha– Filipe y Juanfran – a concentrar nuestro ataque solo por una porque el brasileño se fue y el que vino es bueno pero no como el desertor – ahora suplente de un diestro -. Cuando Arda y Koke sufren lesiones, son neutralizados por los rivales y no hay variantes. Allá arriba hay una directiva que, impedida por las deudas generadas por ellos mismos, se vio limitada, como siempre, en contrataciones. Y acá abajo, ven como Gabi o Koke se retiran de la cancha fastidiados porque saben que no han jugado bien; pero, peor aún, porque quizás sospechen que el que entra no logre hacer la diferencia.

El Atlético de Madrid hace cuatro partidos que no anota un gol de jugada (el único gol fue de laboratorio). Pensé que el partido en Alemania y en Vigo era solo un charco, pero tras cuatro partidos uno se percata de que puede ser un pozo más profundo. Rivales que nos estudian al máximo, cansancio y lesiones de algunos de los nuestros, un bajón en el nivel individual que ha perjudicado al funcionamiento colectivo y, finalmente, ha afectado a la confianza y el oficio. Cuando no había intensidad ni juego por bandas o jugadas de laboratorio, era la confianza o el oficio o la casta o el duende (como le quieran llamar) lo que nos hacía creer y saber que anotaríamos ese gol que faltaba y que ellos jamás nos remontarían. Gran parte de esto último se ha perdido: anotar un gol cuesta un mar y que nos anoten ya no parece una hazaña. Hay algunos que creen que primero debemos recuperar la confianza. Opino lo contrario: primero debemos recuperar la intensidad y ese juego asesino por bandas o entre líneas y solo así recuperaremos la confianza. 

Si hay un equipo en el mundo del que no se puede dudar de su sacrificio o compromiso es el Atlético de Madrid. Pero una cosa es compromiso y otro nivel de juego. Con Simeone, estoy convencido de que el compromiso siempre estará al máximo. Lamentablemente, el juego ha decaído mucho: en muchos minutos somos un equipo largo que tira pelotazos esperando que ocurra un rebote que genere un córner a favor. En las buenas épocas, ese era un recurso más para anotar. No el único. Si hay alguien capaz de devolver al equipo ese estilo de juego que ya he mencionado en otras columnas es Simeone, y pasa por recuperar individualmente a cada jugador. Y mucho cuidado que es necesario intensidad Y juego. Si solo recuperamos lo primero, mal iremos, porque hay muchos rivales que ya nos igualan en ese aspecto.

La costilla y el pulmón. Este pozo, que aún no sabemos su profundidad,  debe servir para darnos cuenta de que los pulmones de Gabi, Tiago, Arda y compañía necesitarán descansar, cada vez más seguido, a partir de los próximos años.  Y es necesario un recambio. Ellos se merecen ver jóvenes con su misma sangre y saber que llevaron al Atleti a la cima para que nunca más vuelva a caer. Se merecen que nuevas costillas blinden sus pulmones. Al fin y al cabo, todos somos humanos.

Daniel R

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 Fotos: Infierno Rojiblanco 

¿Por qué el Atleti no está en crisis?

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El Niño Torres acaba de anotar de cabeza y se prepara para celebrar. El televidente rojiblanco grita el empate y está a punto de transformar las críticas contra el equipo – bajo la premisa de un papelón en Alemania – en un lema común cuando el Atleti se sale con la suya: se defendió, llegó pocas veces, pero golpeó cuando debía. Torres corre y todo es felicidad. De pronto, se detiene y se percata de que el gol es inválido.  Solo entonces esos mismos hinchas, que hubieran alabado al equipo si la anotación subía al score, vuelven a la pataleta y dicen que es el peor partido del Atleti, que es una vergüenza, que nos pasaron encima y demás exageraciones. No se dan cuenta de que su evaluación de la actualidad del Atleti responde únicamente a si ese gol hubiera sido válido o no.  Pero un gol no puede condicionar un análisis tan complejo.

El Atlético de Madrid juega un partido muy pobre en Alemania y el Bayer Leverkusen lo disputa de manera inspiradísima. Si la intensidad contra el Real Madrid y Almería nos permitió atacar hasta con tres jugadores por la banda derecha y ganar con tanta claridad  – Arda tenía dos opciones de pase: Juanfran por el exterior y Saúl por el interior  (incluso Gabi se posicionaba por detrás de los tres como un muro para seguir con el rodillo colchonero), lo que permitía siempre estar en ventaja numérica tanto en ataque como en defensa (regresaban los tres) – la falta de esta en Leverkusen fue un dardo con exceso de aspirina (la primera empresa en inventarla fue Bayer). Nuestro rival, casi imitando nuestro estilo, presionó la salida del Atleti, en otras palabras, a Arda, y evitó que nuestro mediocampo y nuestros laterales puedan combinar con la delantera y entonces causar daño. El menor desgaste físico de los rojiblancos se vio reflejado en las estadísticas: corrieron 6 km menos que los alemanes. En el campo de la intensidad, ya nos habían superado. Por defecto nuestro y por mérito de ellos. 

Las variantes pueden ser claves para revertir un resultado. Pero el Atleti también perdió en ese campo.  Tuvo que realizar dos cambios forzados en el primer tiempo –  Saúl y Siqueira se lesionaron – y no contaba con Koke, un jugador que hubiera liberado la presión sobre Arda: marcar a dos genios siempre es más difícil que a uno solo. En esta situación, con baja intensidad, sin capacidad de juego por las bandas, sin el juego de los armadores rojiblancos y con cambios forzados, quedaba una magnifica solución: la pelota detenida. Tampoco tuvimos suerte con ella: unos pocos centímetros caprichosos hicieron que no validaran el gol de Torres. A los 75’, para cerrar el telón, el gran Tiago salió expulsado.

Fue en ese momento cuando descubrimos lo grande que es el Atleti en el mundo y lo equivocado que está la gente que habla de crisis – bajón sí, crisis no. El Bayer nos tenía contra las cuerdas, pero retrocedió. El último minuto de juego lo demuestra: defensores alemanes pasándose el balón en su campo, esperando que acabase el partido. Respeto. Cautela. Y miedo. Miedo frente a un débil Atleti en un pésimo día. ¿Qué sucederá cuando tengan al frente a un Atleti en un día promedio, como es habitual en las grandes noches de Champions?

Hemos visto como una muy buena versión del Bayer derrota a una pésima versión del Atleti. En el Calderón, habrá que correr como de costumbre, tener a nuestros armadores en su capacidad de siempre, a un equipo más cauteloso en ataque de estilo remontada (para que no suceda lo de Copa contra el Barza) y habrá que explotar las bandas con tres jugadores que suban y bajen como trenes en estampida. Solo así demostraremos que por dos partidos malos (contra el Celta y el Leverkusen) de una era de más de tres años al mando de Simeone, no se puede hablar de crisis.

Nos vemos en Sevilla

Daniel R.

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Antoine Griezmann ya ha comenzado a correr

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Antoine tiene cara de mosquetero francés. Ese bigote color ocre, quizás con algún tono de dorado por el color de su peinado, acompaña su sonrisa – aunque algunas veces grito desaforado – luego de haber puesto al arquero rival a centímetros de la pelota. Tan cerca como tan lejos, pensará el portero frente al francés que lleva los dos últimos colores de su bandera. Hay delanteros que baten al portero desde larga distancia, previa estirada de un superman derrotado. Antoine gusta de acerárseles. Se toma su tiempo; llegar al área no es sinónimo de un fusil directo al Frente Atlético.

Imagínenlo como el quinto mosquetero, con capa y espada, y también con un arco de flechas. Visto desde una avioneta, el nuevo peinado del francés tiene una forma de óvalo que termina en una flecha que apunta hacia adelante. Vista desde la posición de Gabi, su cabellera es similar a la de un caballo. Vista desde la posición del superman derrotado, es una especie de pequeña cresta – No, no es el típico pelo parado que implantó alguna vez David Beckham- con más volumen hacia el lado derecho. El día sábado contra el Rayo Vallecano nunca miró atrás. Su cabellera en forma de flecha señalaba el área contraria y cada vez que Antoine comenzaba a correr, la flecha-peinado parecía querer seguirlo y se tiraba hacia adelante. La punta de flecha no se dejaba desviar hacia el lado derecho, a pesar del mechón de pelo visible en ese lado e invisible en el izquierdo.

Antoine tiene cara de soldado medieval francés. Aquel día en que el Niño esperaba sentado en el palco su debut, los rojiblancos le dedicaron los goles con un gesto de estar disparándole una flecha. Como arqueros Robin Hood. Ese día pudimos observar la diferencia flagrante entre el gesto de arquero de Diego Godín y de Antoine. El francés se arrodillaba y hacía un movimiento estéticamente tan delicado que si lo congeláramos y le colocáramos un arco en sus manos no estaría lejos de encajar. Con la boca abierta y los ojos mirando el más allá, quizás buscando a alguien, lanzaba una flecha imaginaria con una expresión de tener la última oportunidad de tirar correctamente contra el enemigo. Estaba en un partido de fútbol pero su mirada parecía calcular la distancia del tiro. Si en ese momento hubiera estado en un monte, rodando una película de guerra medieval, nadie hubiera notado la diferencia. Y luego vemos a Godín en la misma posición, sonriendo como la mala imitación, arrodillado también pero en una posición que parece de tiro de bala, o de honda o resortera. La flecha por ningún lado.

Antoine corre con sus brazos y piernas. Alguna vez la periodista ecuatoriana Sabrina Duque dijo que Cristiano Ronaldo corría como un pavo real. Erguido, siempre lleva los brazos estirados hacia abajo y muy cerca de su cadera. Antoine no. Sus brazos se mueven hacia arriba de manera tan veloz que pareciera que, además de sus piernas, estos también estuvieran en el césped intentando acelerar la flecha en la cabellera del francés. Gabi no ve a un jugador, ve a un caballo galopar a toda velocidad. En el Atleti también siguen su peinado. En ningún gol del sábado, la pelota pasó por la línea de tres volantes: Gabi, Mario y Tiago. Una flecha demasiado frontal y unos brazos demasiado veloces para esperar el tránsito de mitad de cancha. Uno, pelotazo de Giménez. Dos, presión en el ataque. Tres, contra y pique de Antoine. Esta vez palo. El Rayo Vallecano tiene una flecha que apunta a muchos lados: todos los jugadores tienen que tocarla para llegar al área contraria. El Atleti no se pone colorado, ya de por sí lo lleva en el uniforme, si la pelota solo pasa por dos jugadores y es gol. Paco Jeméz, entrenador del Rayo para los que aún no lo saben, preferiría que la tierra lo trague antes de que su equipo anote un gol así. El Rayo intenta ser algo así como un Barza del pueblo que conmueve – guardando las distancias-. Dos estilos distintos y R-E-S-P-E-T-A-B-L-E-S, así también como la imitación de Robin Hood de Diego Godín.

Antoine sigue acelerando pero da la impresión de que el balón nunca se alejará demasiado de su botín zurdo. En sus goles, intenta mantener el balón pegado como un imán a su empeine izquierdo. A tanta velocidad el balón podría salir disparado en cualquier momento, más aún con una cabellera que se empecina en empujar a Antoine hacia adelante, pero el francés es un jugador de consola Play Station: la pelota siempre se queda con él. Si ve que el portero se adelanta, golpea fuerte con la zurda con el interior del pie. La pelota se eleva unos pocos metros. Si ve que el portero no sale, se acerca a pocos centímetros de él, como queriendo provocar al arquero de tener su balón tan cerca. Pero cuando todos piensan que hay muy poco ángulo para definir, Antoine golpea con la cara externa del pie, sin elevar el esférico, hacia un pequeño espacio que ha dejado el arquero, que termina casi arrodillado frente a él. A veces celebra eufórico, a veces sonriente, siempre con esa cara de niño que maduró tras dejar la Real Sociedad, pero que no es suficiente para considerarla de adulto.

Arda se toma una pausa.

Antoine ya ha comenzado a correr.

Daniel R.

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Diego Simeone, hombre de palabra

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Diego Simeone, hombre de palabra

 

Todos vieron aquel gol de Perea al Madrid.

Pero el juez de línea no llegó a mitad de cancha.

¿Puede un agarrón a Raúl García ser diferente siete años después?

I

Tal vez había confundido el día y se trataba del filial, o quizás del equipo B. Ante las dudas, el IPOD al costado y a revisar la línea defensiva. ¿Acaso no eran seis horas de diferencia con España?  Dedos para ampliar la pantalla y Lucas, Godín, Giménez y Gámez. Un despistado habría cambiado de canal sin enterarse de que esa línea de fondo con Jan Oblak eran los perros de presa (de turno) del Atlético de Madrid. Acaso Simeone quería darle un regalo con trampa a Fernando Torres, con listón tras ese primer cabezazo de Sergio Ramos, pero no era lo que parecía. O acaso el Cholo pensaba que nos jugábamos la vuelta de Copa de hace un año con un resultado de tres a cero en contra. Pero no. La apariencia del Atleti de diciembre del 2011 engañaba (cuando el Frente se ausentaba y no por haber sido expulsado),  y los nombres de los once ajedrecistas actuales, también. Lucas Hernández, con 18 años y con tan solo siete mil seguidores en Twitter (futura competencia de los likes de este blog) – F. Torres tiene dos millones y medio – y José María Giménez, con 19 años y con el CV de haber parchado alguna vez a Falcao (ya solo faltaría que vuelva él), desquiciaban a mastodontes como Gareth Bale – su pase valió cerca de cuarenta veces más que el traspaso de Gámez-  y Karim Benzema – máximo goleador francés de la historia del Real Madrid.  

Era un Atlético de Madrid plagado de suplentes (que serían titulares en cualquier parte del mundo, porque a nuestros titulares se les debería crear una nueva categoría: suplentes-titulares-dioses del Olimpo) que bloqueaba al equipo de los millones y que encarrilaba una eliminatoria que, después de tantos años, se jugaba en un campo horizontal. El banquillo del Atleti: Arda, Koke, Juanfran, Mandzukic veían como un once de ajedrecistas que nunca habían  jugado juntos anotaban un gol y después otro al que – dicen algunos rumores – es el mejor equipo del mundo. Arda ya no se paraba de su asiento, porque el árbitro, ese personaje que durante tantos años tuvo la figura del corregidor maligno para los colchoneros (quítale a los pobres, dale a los ricos), se aseguraba de no voltear la cancha ni para unos, ni para otros. Quizás recordando que aquel gol mal anulado a Perea (y que seguro algunos seguían añorando hace algunos meses) había sido demasiado castigo…  

II

Y algunos dicen que Perea nunca había corrido tan rápido hacia el centro del campo. No era una persecución a Messi, era la celebración de un segundo gol. Pero el que no quiso correr, y cuando lo hizo se acordó que validaba un gol C-O-N-T-R-A- el Madrid, fue el juez de línea. Y Amaranto se fue a México sin haber anotado un gol con el Atlético… pero Simeone quiso vengarlo. Y era una víctima al que pocos jugadores de la liga española defenderían: Sergio Ramos. Palabra de Simeone para comenzar a rodar la película: “Ramos, la noche donde rozaste el ridículo”, o quizás la serie “Bully Beatdown al sevillano”. Un beatdown sin golpes ni sangre, aquella que quiso sacarle Arbeloa con una terrible patada a Gabi – la cancha nunca será completamente horizontal, vamos, ¿leyes de la gravedad?, no, leyes del M-A-D-R-I-D -. Lo siguiente es una escena repetida con un final distinto: Sergio Ramos agarra descaradamente a Raúl García por la espalda, lo tumba al piso, y voltea al colegiado con la mirada del que se cree superior a los árbitros, a las reglas del fútbol, y, por consecuencia, al balompié. Pero acaso no recuerda que ya no estamos 2007, que el Atleti es el campeón de Liga, que si Perea estuviera aquí aquel juez de línea hubiera corrido sin cesar, y aún no sabe que este será el tercer partido consecutivo que el Atleti le gane al Madrid. Luego, intenta intimidar, aunque tampoco se percata de que este Atlético ya no es el que estuvo catorce años sin vencer en el derbi, este Atlético es el que saca a sus suplentes y gana en el Bernabéu, en el Camp Nou y próximamente en Berlín. Pero el golpe del nocaut, ese K.O. que tantas veces recibimos, que helaba la sangre y aseguraba el malhumor de domingo, lo dio el uruguayo del peinado mohicano para que – esta vez sí- corra el línea y Ramos recuerde que, en el Calderón, al Madrid todopoderoso ya se le anulan goles.

III

El que sentó el primer sprint para que todos corrieran fue Simeone. El argentino hizo que los jugadores colchoneros corrieran más, que los rivales tuvieran que hacerlo aún más para poder competir, y que los jueces de línea respeten lo que es un gol válido y troten hasta mitad de cancha. Al Atleti ya no se le puede jugar sucio tan fácilmente: ya existe. Pero, sospecha de Torres, palabra de Simeone. El argentino logró que un deseo del Niño Torres: Espero volver algún día cuando el club esté a la altura de lo que se merece (2007) se convierta en palabra sagrada: cada sílaba del Cholo es realidad.

Siete años después de su partida, Raúl García caía y el árbitro cobraba penal.

Y allí andaba Torres en la cancha, tal vez un poco perdido (tres posiciones adelantadas en los primeros treinta), quizás nostálgico de tantos años perdidos, de repente queriendo disfrutar como un Niño estar en su Olimpo y olvidarse del rival, del partido, del offside y del fútbol. Es el primer partido, y hablar bien o regular o mal de él no solo sería ilógico; sería de mala educación con el recién llegado. En este blog, últimamente también nos hemos olvidado de hablar de fútbol, aunque nunca es tarde para volver a hacerlo. Qué mejor oportunidad que este domingo, ¿no, Fernando?

Nos vemos en Barcelona

Daniel R.

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Un Frente de aliento (y no de batalla) – ¿Son las tradiciones lágrimas inquebrantables?

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Treinta y dos años convivimos con un compañero de dos caras. Era frecuente que muestre su mejor lado para que seamos su eco en las palmadas y en los gritos. Para que, antes de cualquier intento de animación, volviésemos la cabeza hacia nuestro sur para ver si íbamos adelantados, retrasados, o tal vez demasiado callados. Y esto último era un mal endémico; y una eterna discrepancia entre ellos y nosotros, aunque qué envidia teníamos de estar allí, joder. Porque el Frente no era un mal endémico; solo un grupillo de ellos lo era. Pero cuando este grupillo se imponía, cuando Mr. Hyde podía más que el Dr. Jekyll, cuando las cacerías de hinchas donostarrias se hacían efectivas y cuando el nombre de un asesino nazi sonaba tras cada coro de un cántico, veíamos sangre y sudor derramado en cualquier lugar menos en un campo de fútbol. El Frente Atlético se convertía en un mal menor excusado por ese mal endémico que hace ya mucho se apoderó del Bernabéu.

Quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores.

Nadie más que nosotros debería conocerla. Porque lo que puede suceder con el Frente es lo mismo que sucedió con el Atlético de Madrid. En 1987, un ladrón que descansa en corrupción salvaba al Atlético de Madrid del descenso y le devolvía al club la vida; pero lo condenaba a caminar torcido por el resto de las décadas. Ese año, el Atleti no descendió, no murió. Los Gil evitaron que el Atleti pudiera volver a nacer, que comenzara de cero, limpio, transparente y  consciente. El club siguió (y sigue) sucio: acumuló una deuda impagable, se descapitalizó, fue al infierno (lamentablemente, esta muerte tampoco lo hizo renacer) y la mediocridad se apoderó de su himno. Cerca de 27 años después, seguimos pagando las consecuencias de un club grande en lo futbolístico (y ya sabemos por quién), pero destruido institucionalmente. Seguimos pagando las consecuencias de no haber muerto aquel año. De no haber renacido.

Y no debe suceder lo mismo con el Frente, uno de los pocos patrimonios que quedan del club. El Frente debe morir, limpiarse y volver a nacer.  Y caminar derecho. Y caminar seguido por todo un estadio. De vez en cuando, las tradiciones deben reformarse para mejor. Si el Frente sigue caminando con ese grupillo de esvásticas, la lección que nos ha brindado la historia de nuestro club no habrá servido de nada. El cambio joderá, dolerá, y es entendible. Pero si queremos cambiar todo, si queremos que deje de ser visto como normal que un futbolista pueda recibir cincuenta mentadas de madre en un partido de fútbol (sí, que equivocado estuve en aquel artículo del 27 de diciembre del 2012), el miembro del Frente alejado de los bates de béisbol debe darse cuenta de que su enemigo no es la directiva, sino esos violentos en forma de cáncer que han causado su desaparición. La forma de vencerlos es, en un nuevo nacimiento (una agrupación reformada), demostrar que a aquellos violentos no los necesitamos. Que el fondo sur es más grande que ellos y si creen que el aliento solo viene de ellos, están equivocados. Y así quitarles la excusa del fútbol para sangrar a otros.

Es una oportunidad para demostrar que en el Frente el fútbol siempre estuvo por encima de la violencia. Que la barra más sagrada del Atlético de Madrid es más que un puñado de tíos que terminado el partido se reúnen indiferentemente con madridistas a beberse unas birras y planear cacerías. Demuéstrenle a la prensa que no todos son como los vándalos del Manzanares. Que ese dolor de la desaparición sea la energía para volver a crear para crecer mejor. Que el nuevo fondo sur no sea un mal menor, sino un bien mayor. Que el Dr. Jekyll se imponga sobre Mr. Hyde. Que el Atleti se imponga.

 Daniel R.

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¿A dónde va un desertor tan añorado? El joker Diego Costa

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Diego Costa lucía un rostro que por momentos podía reemplazar al archirrival de Batman. Siempre se salía con la suya y terminaba riendo. Un empujón (lícito) al rival que lo dejaba tirado en el piso, la insultante frialdad de un penal casi atajado, un esfuerzo de sangre contra el poste para que lo pongamos (una vez más) en nuestras vidas, y luego la lesión de un héroe caído y dolorido. Era ese paradigma de jugador al que usted creía, Simeone creía, Koke creía y yo creía. No tenía la técnica de los divos del fútbol español, menos el carisma para los comerciales de desodorantes, aunque sí un odio persistente de un sector que homogeneizaba lo rebelde con lo violento. El constructo mental del matón de barrio se trasladaba como un teléfono malogrado de los diarios españoles a los europeos, para terminar por causar su efecto estupefaciente en Sudamérica. Sí. Aquí también algunos lo tildaban de violento. De un joker odiado.

Pero lo perfecto comenzó a corromperse a partir de un tratamiento que parecía sacado de historietas de Marvel: la placenta de yegua. Ahora, cada vez que una yegua pasa por mi camino, recuerdo un día catastrófico y un héroe en el limbo. Porque sí, Diego Costa entraba en el limbo después de fichar por el Chelsea. En el limbo de ese imaginario colectivo mal alejado del verde y oro que veía su nombre en la camiseta y no sabía si quemarla, si santificarla, si llorarla o si guardarla en el baúl de los ídolos caídos. Y yo tampoco sabía dónde ponerlo. Confundido, frustrado, impotente de ver una vez más que el nuestro era suyo. De esa maquinita que suple la falta de talento y sacrificio con dólares y petróleo. Pero el jugador en el limbo se encargaba de salir de él y dejarnos claro que no derramó su sangre por nosotros, sino por él. Que jugó la final de la Champions por interés individual sin pensar en cada jugador invisible que desde atrás lo había hecho llegar hasta donde estaba. Mientras un turco de los nuestros se sentaba con esmoquin en la tribuna para demostrar que él no era la trampa (primero el bien del Atleti, segundo el del Atleti, después el del Atleti, y finalmente, si hay espacio, el interés individual de él, del turco), Diego se presentaba en la cancha. Y lo aplaudíamos. Y lo coreábamos. Y lo llorábamos. Para que ese mismo futbolista luego se arrepintiese de los goles que anotó con el Atleti. Para que diga que fue fácil tomar la decisión de la traición. Para que la camiseta quede en el baúl de los ídolos que nunca lo serán y vaya encima de la de Agüero, ¿acaso la de Reyes?

Pero cuando estás a punto de guardarla recuerdas ese gol a Diego López, otra vez ese gol en el Bernabéu meses después, esas patadas de Ramos y compañía, esa noche mágica frente al Milán y piensas que uno de los principales artífices de la mejor época histórica del club no puede ser tratado así. Que se merece un perdón. Pero no, no digo que lo insultes cuando vuelva, ni siquiera que lo pites. Tampoco podemos ser tan injustos, porque si bien jugó para él, también fue, al menos en una parte, para el equipo. Solo pido que no lo aplaudas, que no le pidas más autógrafos, que borres su sonrisa posando al costado tuyo, que no lo menciones y que no se escuche ni un solo coro cuando vuelva con ese equipo sin mística. Dicen que la indiferencia es más dolorosa que el reconocimiento o el odio. No lo recibamos como a un Niño Torres, pero tampoco como a Figo aquella vez en el Camp Nou. El silencio a veces es más poderoso que los gritos.

Ese aplauso se lo merecen otros. Otros que jamás se arrepentirán de los goles que hicieron con el Atleti. Otros que hicieron el mismo esfuerzo y tuvieron la misma influencia en el éxito que aún no acaba. Guarda esos agradecimientos para Gabi, para Koke, para Arda Turan, para Raúl García. Para los que hubieran renunciado a jugar si de eso dependía el bien del equipo. Para los que rechazaron contratos del Barcelona. Para los que siguen aquí y no huyeron. A ellos los verás cuando voltees las cartas. No los compares con la siguiente: verás a Diego Costa. Y la separarás de las demás porque esa carta nunca fue de las nuestras. Y sabrás que la trampa ya está lejos, de donde no debe regresar.

Daniel R.

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No es más que un breve adiós

Ser el mejor equipo del mundo. En un frío agosto que azotaba esta parte del mundo, este blog abría sus puertas. El Atleti acababa de derrotar al Chelsea para coronarse Supercampeón de Europa y se encontraba a medio camino de convertirse en ese equipo soñado durante años o en una simple y vaga ilusión de grandeza. Desde los primeros escritos, se relataban noches como en la que vencimos cardiacamente a un Rayo que estuvo a punto de remontar cuatro goles, en la que visitábamos Hapoel en una liga extraña o en la que Diego Godín cruzaba toda la cancha para anotar de vaselina contra el Valladolid. Aunque esta última era a plena luz del día. Desde un inicio, en este espacio se creía que el Atleti tenía que trabajar para ser uno de los mejores equipos del mundo. Era el objetivo final y uno totalmente posible. Podrán revisarlo en las crónicas si lo desean. Fue pasando el tiempo, los jugadores, los traidores, los títulos y fui creciendo junto al Atlético de Madrid. Cada meta que el equipo se trazaba, la cumplía. Intentaba (y conseguía) hacer lo mismo con mi vida. Después de mucho esfuerzo por parte de ellos y muchas palabras del que escribe, el objetivo se alcanzó. El Atleti es un equipo admirado, respetado, glorioso y competitivo. Es uno de los mejores equipos del mundo, sino el mejor. El sueño del blog se ha cumplido. Etapas del fútbol y de la vida que se cierran y otras que se abren. El Atleti nunca más será el mismo y yo nunca más seré ese joven desquiciado cuando el gol no llegaba. Los títulos han cambiado mi afición por el Atleti, ni para bien ni para mal, ni me siento más ni menos hincha, simplemente se ha producido una transformación. Una parte de mi corazón rojiblanco ha muerto (esa intriga por saber si clasificábamos a Champions, esa frustración de la mediocridad, esa celebración desaforada por el gol que nunca llegaba) y otra ha nacido (una moderación en la derrota, en el empate y en el triunfo). Placidez le llaman algunos. Sin embargo, la pasión por los rojiblancos nunca cesará. Ocasionalmente se postearán escritos en este espacio, pero nunca más serán con esa constancia de cada partido hasta que llegue diciembre y con este un mayor tiempo libre. En parte, mi labor ha terminado. Aupa Atlético de Madrid deja al club en buenas manos, creo que no habría unas mejores. Ambos hemos crecido juntos, espero estar a la altura, algún día, de lo que ellos lograron y lograrán. Ser el mejor equipo del mundo.

Gracias por tanto

Disculpen por tan poco

Daniel R 

Twitter: @Colchonero2012