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Jorge Burruchaga ganó la Copa del Mundo con Argentina en 1986. En su equipo estaba Diego Maradona, el futbolista que alguna vez fue aplaudido por 80 mil personas en su presentación en el Napoli – los espectadores que asisten al estadio para ver una final de Champions rodean esa cifra-. En una ocasión, Jorge Valdano le dijo al periodista mexicano Juan Villoro que Burruchaga tenía dudas sobre algo que le había ocurrido a Maradona.

Valdano le sugirió a Burruchaga que hablara con el mismo Diego para que despejara sus dudas.

  • ¿Hablar con Diego? Si nunca he hablado con él, nunca me he atrevido – respondió Burruchaga.

En el campo, ambos futbolistas estaban a centímetros de distancia. Fuera de ella, estaban tan alejados que ni un largavista hubiera sido suficiente para divisarse. Pero la que sigue no es la historia de Maradona. Es la historia de otro Diego.

El martes 17 de marzo, los futbolistas del Atleti salieron a la cancha como si nunca antes hubieran jugado frente a un estadio repleto y extasiado. Pero no tardaron en darse cuenta de que las ganas y la intensidad, a veces, no son suficiente. Arda no le daba al equipo el salto de calidad, Cani sospechaba que no duraría más de 45 minutos en cancha y los rivales poblaban la banda izquierda para obligar al Atleti a acumular jugadores por esa banda – la de Gámez – y dejar más en solitario a Juanfran en ataque, que alguna vez dijo una frase que nunca olvidaré: “Este equipo volverá a jugar una final de Champions”. Era la única frase que daba un mínimo de esperanza para no llegar a la depresión después de la tragedia de Lisboa. Pero en esa frase había un sentido de pertenencia. Una vida. Un sufrimiento compartido por nosotros, por ellos y por muchos otros. Un azar que había sido injusto. Mario disparó al arco y cuando el azar – por fin de nuestro lado – hizo que el balón se desviara en un jugador rival, sabía que la promesa de su lateral derecho estaba más cerca de permanecer intacta. Cuando el árbitro pitó después de 120 minutos, con el croata con un esguince en el tobillo derecho, con Raúl García con un parche en la cara, con nuestro Miguel Ángel del arco con una lesión en el muslo izquierdo y con todo un estadio dispuesto a acompañar al Atleti hasta la muerte – escuchen el cántico conmovedor en esos minutos- no existía ningún Burruchaga y ningún Maradona. Cada jugador rojiblanco estaba a milímetros de distancia en el campo, pero su vínculo de pertenencia era tan grande que ni la presbicia hubiera impedido verlo.

El Niño Torres pateó el balón en el último penal del Atleti y quizás en ese instante el que más confianza tenía de que entraría al arco era él. La hinchada temía lo peor: que el asesino de su propia familia sea el hijo prodigo. La pelota ingresó y el Niño no hizo una celebración de las que venden portadas ni pueden repetirse una y otra vez en TV – de hecho, Torres es muy tímido –. Solo un apretón de puños. Kiessling mandaba arriba su disparo y el estadio gritaba y Juanfran se arrodillaba y tal vez lloraba con los ojos rojos, ojos rojos de los jugadores y de los hinchas que se abrazaban con la persona que tuvieran al costado y a la que probablemente no verán nunca más pero que en ese momento era el compañero perfecto para mirar como las estrellas del equipo abrazaban a Oblak; porque aquí no hay Burruchagas, aquí no hay Maradonas, y quizás lo que sí hay es un técnico en quien todos confían, respetan y sí, también obedecen pero no, no confunda obediencia con temor. Porque en el fútbol, es mejor que te amen a que te teman.

PD: Días después, con un Calderón más vacío por la resaca del martes, el Atleti ha jugado una primera parte muy buena contra el Getafe. Síntomas de que estamos recuperando el juego. Y Torres ha anotado. Y una vez más antes de que uno se haya acomodado en el sillón.

 Daniel R.

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