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Diego Simeone, hombre de palabra

 

Todos vieron aquel gol de Perea al Madrid.

Pero el juez de línea no llegó a mitad de cancha.

¿Puede un agarrón a Raúl García ser diferente siete años después?

I

Tal vez había confundido el día y se trataba del filial, o quizás del equipo B. Ante las dudas, el IPOD al costado y a revisar la línea defensiva. ¿Acaso no eran seis horas de diferencia con España?  Dedos para ampliar la pantalla y Lucas, Godín, Giménez y Gámez. Un despistado habría cambiado de canal sin enterarse de que esa línea de fondo con Jan Oblak eran los perros de presa (de turno) del Atlético de Madrid. Acaso Simeone quería darle un regalo con trampa a Fernando Torres, con listón tras ese primer cabezazo de Sergio Ramos, pero no era lo que parecía. O acaso el Cholo pensaba que nos jugábamos la vuelta de Copa de hace un año con un resultado de tres a cero en contra. Pero no. La apariencia del Atleti de diciembre del 2011 engañaba (cuando el Frente se ausentaba y no por haber sido expulsado),  y los nombres de los once ajedrecistas actuales, también. Lucas Hernández, con 18 años y con tan solo siete mil seguidores en Twitter (futura competencia de los likes de este blog) – F. Torres tiene dos millones y medio – y José María Giménez, con 19 años y con el CV de haber parchado alguna vez a Falcao (ya solo faltaría que vuelva él), desquiciaban a mastodontes como Gareth Bale – su pase valió cerca de cuarenta veces más que el traspaso de Gámez-  y Karim Benzema – máximo goleador francés de la historia del Real Madrid.  

Era un Atlético de Madrid plagado de suplentes (que serían titulares en cualquier parte del mundo, porque a nuestros titulares se les debería crear una nueva categoría: suplentes-titulares-dioses del Olimpo) que bloqueaba al equipo de los millones y que encarrilaba una eliminatoria que, después de tantos años, se jugaba en un campo horizontal. El banquillo del Atleti: Arda, Koke, Juanfran, Mandzukic veían como un once de ajedrecistas que nunca habían  jugado juntos anotaban un gol y después otro al que – dicen algunos rumores – es el mejor equipo del mundo. Arda ya no se paraba de su asiento, porque el árbitro, ese personaje que durante tantos años tuvo la figura del corregidor maligno para los colchoneros (quítale a los pobres, dale a los ricos), se aseguraba de no voltear la cancha ni para unos, ni para otros. Quizás recordando que aquel gol mal anulado a Perea (y que seguro algunos seguían añorando hace algunos meses) había sido demasiado castigo…  

II

Y algunos dicen que Perea nunca había corrido tan rápido hacia el centro del campo. No era una persecución a Messi, era la celebración de un segundo gol. Pero el que no quiso correr, y cuando lo hizo se acordó que validaba un gol C-O-N-T-R-A- el Madrid, fue el juez de línea. Y Amaranto se fue a México sin haber anotado un gol con el Atlético… pero Simeone quiso vengarlo. Y era una víctima al que pocos jugadores de la liga española defenderían: Sergio Ramos. Palabra de Simeone para comenzar a rodar la película: “Ramos, la noche donde rozaste el ridículo”, o quizás la serie “Bully Beatdown al sevillano”. Un beatdown sin golpes ni sangre, aquella que quiso sacarle Arbeloa con una terrible patada a Gabi – la cancha nunca será completamente horizontal, vamos, ¿leyes de la gravedad?, no, leyes del M-A-D-R-I-D -. Lo siguiente es una escena repetida con un final distinto: Sergio Ramos agarra descaradamente a Raúl García por la espalda, lo tumba al piso, y voltea al colegiado con la mirada del que se cree superior a los árbitros, a las reglas del fútbol, y, por consecuencia, al balompié. Pero acaso no recuerda que ya no estamos 2007, que el Atleti es el campeón de Liga, que si Perea estuviera aquí aquel juez de línea hubiera corrido sin cesar, y aún no sabe que este será el tercer partido consecutivo que el Atleti le gane al Madrid. Luego, intenta intimidar, aunque tampoco se percata de que este Atlético ya no es el que estuvo catorce años sin vencer en el derbi, este Atlético es el que saca a sus suplentes y gana en el Bernabéu, en el Camp Nou y próximamente en Berlín. Pero el golpe del nocaut, ese K.O. que tantas veces recibimos, que helaba la sangre y aseguraba el malhumor de domingo, lo dio el uruguayo del peinado mohicano para que – esta vez sí- corra el línea y Ramos recuerde que, en el Calderón, al Madrid todopoderoso ya se le anulan goles.

III

El que sentó el primer sprint para que todos corrieran fue Simeone. El argentino hizo que los jugadores colchoneros corrieran más, que los rivales tuvieran que hacerlo aún más para poder competir, y que los jueces de línea respeten lo que es un gol válido y troten hasta mitad de cancha. Al Atleti ya no se le puede jugar sucio tan fácilmente: ya existe. Pero, sospecha de Torres, palabra de Simeone. El argentino logró que un deseo del Niño Torres: Espero volver algún día cuando el club esté a la altura de lo que se merece (2007) se convierta en palabra sagrada: cada sílaba del Cholo es realidad.

Siete años después de su partida, Raúl García caía y el árbitro cobraba penal.

Y allí andaba Torres en la cancha, tal vez un poco perdido (tres posiciones adelantadas en los primeros treinta), quizás nostálgico de tantos años perdidos, de repente queriendo disfrutar como un Niño estar en su Olimpo y olvidarse del rival, del partido, del offside y del fútbol. Es el primer partido, y hablar bien o regular o mal de él no solo sería ilógico; sería de mala educación con el recién llegado. En este blog, últimamente también nos hemos olvidado de hablar de fútbol, aunque nunca es tarde para volver a hacerlo. Qué mejor oportunidad que este domingo, ¿no, Fernando?

Nos vemos en Barcelona

Daniel R.

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