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“Volveremos algún día”, Juanfran Torres

 

El Atlético de Madrid era campeón de la Champions por primera vez en su historia. El Real Madrid atacaba con centros y más centros a ese club que hace tres años había sido nombrado equipo indigno para un derby decente por su afición. Tres años habían sido suficientes para que ahora el club de los poderes y la omnipotencia, ese que alguna vez se apoderó de terrenos públicos para convertirlos en su ciudad deportiva, se viera desesperado, a punto del llanto y luchando contra los minutos que pasaban y que nos hacían pensar que la perfección era posible, que el círculo podía cerrarse. Las fatalidades y la maldición de los últimos minutos eran inexistentes para el equipo de Simeone, solo habitaba el coraje, el sacrificio, el compromiso y la gloria. Campeones de la Europa League, Supercopa de Europa, Copa del Rey, Liga BBVA y UEFA Champions League. Era el premio a todo un estilo de fútbol y de vida, pero Sergio Ramos se levantó en el aire para introducir y hacer realidad esa pesadilla de Bruselas de 40 años atrás, esa pesadilla del jueves, esa pesadilla que volverían a sufrir los veteranos y que cambiará la vida de miles de jóvenes colchoneros. Ese cabezazo que nos haría meditar durante la mañana siguiente, con esa sensación fría y que retumba en todo el cuerpo, que Berlín ya no es más la capital de Alemania sino la sede de la próxima final de la Champions. Para volver más fuertes y reconstruir haciendo de Berlín nuestra Lisboa, y del estadio Olímpico la sede de lo que se nos esquivó hace cuarenta años y de lo que se nos ha vuelto a esquivar el sábado en tan solo dos minutos. Aunque nunca más sea lo mismo.

Simeone levantaba los brazos para demostrar que el gol de Ramos no hacía nada más que engrandecer el campeonato de Europa que el Atleti conseguiría. Porque hasta el gol de Marcelo nadie perdió la fe. Los rojiblancos se habían levantado de golpes una y otra vez, la cojera de Koke y Juanfran siendo evadidos por Di María solo haría volver el triunfo algo más heroico. Pero era demasiado tarde, el fútbol no se transformaría en una película. El golpe anímico no sería un impulso para luchar con las piernas partidas, Koke no sería mejor cojo, David Villa no haría una individualidad con todo el cansancio de la temporada, la pelota parada no funcionaría agónicamente. El Atlético de Madrid caería con la cabeza levantada, con el respeto de millones que tal vez en esa primavera del hemisferio sur del 2011, tiempo en el cual descubrí a un equipo por el que vale la pena luchar, ni tenían idea de lo que lograría ese equipo rojiblanco cerca de la bancarrota. Caería siendo campeón de Liga, esa liga que era imposible de ganar. Caería como uno de los mejores equipos del mundo. Caería siendo el club que yo siempre quise que sea: uno admirado, respetado, competitivo, humilde y glorioso.

Dos fuerzas con un despliegue físico enorme y una capacidad para marcar y cerrar espacios como primordial objetivo terminaron por generar un partido muy cerrado, con más lucha y disputa del balón que juego de toque y ocasiones de gol. Diego Costa se iba lesionado a los 8 minutos, y mientras todos apuntaban con el dedo al argentino que se había equivocado y desperdiciado un cambio, era un pecado olvidar de que si por alguien estábamos presenciando y sufriendo el partido, era por él. Otro Diego, esta vez el uruguayo, aprovechaba la mala salida de Casillas para anotar de cabeza lo que hubiera sido el segundo título de su santo cráneo. En los primeros minutos del segundo tiempo, el Atleti se acercaría al área rival con ataques por ambas bandas, Adrián y Filipe harían de las suyas por el sector izquierdo de Carvajal y Gabi y Juanfran por el derecho. El cansancio se fue apoderando de los rojiblancos y el esfuerzo hecho en el Camp Nou y a lo largo de toda la temporada, a diferencia del breve descanso que tuvo el Real al estar eliminado de cualquier opción de Liga, pasó factura. El equipo era incapaz de salir y el Madrid atacaba con más ganar y orgullo que juego. Lamentablemente, ese empujón final les bastó para empatar. No habría cuento de hadas.

Hace dos años, cuando empecé con este blog, escribí que la gran meta del Atleti era posicionarse dentro de los mejores equipos del mundo para luego ser el número uno. Veía que con Diego Simeone y con una plantilla potenciada se podía lograr. Han pasado dos temporadas y la gran meta se ha cumplido. Nunca desaparecerá de nuestras mentes la tragedia de Lisboa, pero así como esa vez escribí que el Atleti llegaría al olimpo de los clubes, vuelvo a decir que Berlín se convertirá en una ciudad especial. El Atleti se mantendrá allá arriba, compitiendo, ganando y gozando de la gloria. No tengan dudas. Hemos avanzado tanto que nuestra directiva será incapaz de desmoronar todo. Menos aún con Simeone presente y con una afición que ha probado el éxito con esos mismos jugadores que hace solo tres años no valían algo. Tal vez la próxima temporada no siga escribiendo con la frecuencia de los post-partidos de los colchoneros. Pero sabré que mi equipo estará en buenas manos. Si algún día la mediocridad, el conformismo y la mentira quieren apoderarse una vez más del Atlético de Madrid, seré el primero en denunciarlo. Por ahora, sé que la pesadilla que tuve el jueves y que vaticinaba un 4-1 es la prueba más profunda de que si se quiere, se puede. De que si el Atleti quiere volver a una final, lo logrará. Estoy seguro de ello.

Daniel R.

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