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Como no creer, como no soñar y como no apasionarse con una noche que parecía las de antaño. De esas en las cuales todavía relucía el VHS junto a los televisores, en las cuales el Vicente Calderón se vestía de Wally para que el rival nunca encontrara a él ni al balón, y en las cuales éramos noticia mundial no por usurpaciones ni problemas judiciales sino por la silueta de once hombres jugando al fútbol. Momentos muy antiguos en la memoria de los más veteranos que sacaban a relucir cuando se intentaba hablar de la gloria perdida, de lo que debería ser el Atleti, de lo grande que era antes el club que habita junto a un río que ha sobrevivido a guerras cristianas, guerras civiles, robos y humillaciones a su compañero de al lado. El río Manzanares ya no tiene que soportar más batallas innecesarias y sangrientas, ha dejado de sangrar, y así también lo ha hecho su compañero de décadas, el club humilde en la élite de los ocho. El único color sangre es el de la camiseta y el de las miles de banderas que convirtieron al recinto, ese que se derrumbará de manera totalmente ilógica, en una noche de las que ya casi no existía memoria.

 

Si el ideal del Atleti actual era parecerse al de antes de la llegada de los personajes sangrantes, el comandado por Simeone lo está logrando. Hemos logrado llegar al ideal y según muchos conocedores, lo estamos superando. El Atleti ha recuperado su esencia y puede que esté viviendo su mejor etapa en toda su historia. Los dirigentes actuales han intentado quebrar hasta el último recuerdo del Atleti de antaño, ese digno y competitivo, así lo harán cuando derriben el Calderón, a pesar de las agobiantes deudas que persisten, pero se han encontrado con que su propio club está recordándole a los aficionados lo que fueron y lo grandes que pueden volver a ser. Se han topado con un equipo que nunca dejará al Atleti morir. Mientras siga prendida esa llama, el escudo del oso y el madroño vivirá por siempre.

 

Dentro de la perfección del partido tuvo que haber una imperfección para que todo se vuelva más perfecto. Ese fue el gol de Kaka. Durante el gol y después de este, el Milán pudo haber puesto knoc out al Atleti, con otro cabezazo del brasileño, que por suerte salió desviado. El castigo fue leve pero el Atleti pecó de falta de Champions. En partidos domésticos o de Europa League, uno puede relajarse después del primer gol, retroceder líneas, bajar en intensidad, y en muchos casos no recibirá peligro o gol alguno. Pero en el mejor torneo de clubes del mundo, no hay opción para ello. Los rojiblancos se sintieron y creyeron ganadores, se generó un exceso de confianza que desembocó en un relajamiento demasiado duradero y significativo para estar jugando Champions y tener al frente a un equipo que siempre impondrá respeto como el Milán. Ese miedo y adrenalina que se generó tras el gol visitante, hizo del partido uno de tensiones y nervios. Todo aficionado de fútbol sabe que mientras más se sufre, más se goza. Por ello la euforia tras el gol de Turan, un tiro que terminó por ser uno magistral pero que demoró una eternidad en chocar contras las redes y levantar las miles de banderas que acumulaban todos los fanáticos en el recinto.

 

Diego Costa se elevaba en un salto de escándalo para abrir el telón de la obra llamada Atlético de Madrid y terminar por animar a los que ni las banderitas convencían. También se encargaba de cerrar el telón con esas diagonales malditas, una de ellas daría inicio a la gesta del 17 de mayo, para fusilar con precisión a Abbiati. Un jugador que no para de crecer, de mejorar, de madurar para cada vez pelear menos y anotar más. Un jugador con el que deberíamos estar totalmente agradecidos porque en momentos en los cuales nuestra institución se paseaba por el limbo de los olvidos, él decidió quedarse a pesar de ser cedido muchas veces.  Seguir trabajando para un club que podría terminar por ser ingrato con él, así como ha sido con muchos otros jugadores, pero fiel, con sentido de pertenencia y con un objetivo claro: ser la referencia de su Atleti. Su historia se parece a la de su nuevo compañero de área: Raúl García. Un jugador que es un ejemplo de cómo con trabajo y esfuerzo puede mandar al banquillo al máximo artillero de la selección española. No tiene el regate, el pase, la velocidad, la finta ni la calidad de otros, pero potencia de tal manera sus virtudes que termina por compensar lo otro. Otro gol de cabeza y otro lindo detalle que comienzo a ver más seguido en nuestros jugadores: señalar el escudo que llevan en la camiseta. Una muestra de identidad, sentido de pertenencia y lealtad.

Lealtad, esa palaba tan única y difícil de cumplir en el fútbol moderno. Hace años la prensa hubiera sacado de portada que uno de los jugadores del Atleti se iba al Madrid y el jugador en cuestión no hubiera dicho nada, hubiera titubeado, hubiera mandado indirectas. Hace dos días dijeron que Courtois quería irse al Real Madrid, en un intento claro de guerra sucia y desestabilización contra ese equipo incómodo y odioso que es el Atleti. Solo bastaron 24 horas para que padre e hijo, unidos en la misma cruzada, manden por el inodoro tales anuncios con una respuesta muy directa y clara contra esa prensa mentirosa. Tal vez Courtois se vaya a la liga inglesa, está a préstamo con nosotros, pero ha demostrado con palabras que valen hechos (y con estos últimos también) que respeta y siente suyo a nuestro club. Que lo lleva en el alma. Y con eso me basta. El Atleti ha clasificado a cuartos de final de la Copa de Europa haciendo una demostración de fútbol. Toda su campaña ha sido una demostración que el corazón, a veces, puede más que el presupuesto. Los jugadores nunca olvidarán estos momentos de su vida. Cuando Arda regrese a Estambul, con esos lentes de sol, tal vez con una cabellera más grande, con la felicidad de haber explotado como jugador y haberse encontrado a sí mismo, la palabra que más repetirá y pensará en español será Atlético de Madrid. Perdón, Atletíco de Madrid. ¿La captaron?

 

Nos vemos en el Calderón.

Twitter: Colchonero2012

E-mail: atleti2012@hotmail.com

Fotos: Infiernorojiblanco.com

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