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Mario Balotelli, ese futbolista italiano de ascendencia ghanesa que se dice que regaló 1000 libras a un vagabundo, hubiera dado mucho más que eso para no tener que mirar el final del partido desde el banquillo. El banquillo del dolor, con la sensación agria de su hombro malherido y del cabezazo de su antagonista: Diego Costa. Cada tiro libre del Atlético de Madrid es un tercio de gol y en San Siro lo descubrieron con dos jugadores que podrán pisar tierras sudamericanas próximamente, lo descubrieron con la acción de un guía, un guía que tuvo que despejar su propio camino para hacerse un espacio en la mediocridad llamada Atlético de Madrid para luego guiarse a sí mismo y a su club, y transformarlo en la gloria llamada Atlético de Madrid. No lo hizo solo, lo hizo con la ayuda de otros diez tipos convencidos de una idea de juego y de dejarse el hombro, el cuello y la muñeca por todos esos hinchas que hace mucho no podían creer, que no podían soñar. Ese hombro que ahora tiene lesionado a Óliver Torres, ese cuello que lo tiene con un collarín a Manquillo, ese episodio de muñeca fracturada de Tiago que estuvo acompañado del esguince de su rodilla derecha en un mismo partido. Si le preguntas a cualquiera cómo se siente, los tres te responderán lo mismo y al unísono: “Orgullosos de haber defendido hasta las últimas consecuencias al Atleti”. Esos son jugadores que realmente quieren los colores y que dan una mínima esperanza en creer que los ídolos todavía existan, en épocas en donde los jugadores son vendidos y comprados como quien cambia de ropa.

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Los millones de colchoneros abrirán los ojos y verán que ese equipo que tantos domingos arruinó, comienza a entrar a la élite mundial oficialmente. Que ese equipo con mucho, pero mucho menos presupuesto que cualquiera de los 16 equipos que disputan esta fase (con excepción, me parece, del Olympiacos), tal vez no podrá llenar el tanque de gasolina a todos los conductores de una gasolinera, como lo hizo Balotelli, pero sí podrá ganarle a cualquiera. Y también perder contra cualquiera en un mal día, como decía un periodista de ESPN. Le faltó decir que más gana que pierde, muchos más días alegres que tristes. Con ustedes, uno de los tres punteros de la Liga BBVA, un semifinalista de Copa del Rey y un rival en las fases finales de Champions. Tanto Atleti, tanta alegría.

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Me pongo nostálgico y recuerdo a Diego Costa cabeceando un balón un lunes por la noche en el Calderón, partido de Liga. Libre, sin marca, con la portería a pocos metros y en perfecta posición. A las manos del portero y empate desesperante para la era Quique. Ahora serán tres o cuatro años después y Diego Costa la tiene más difícil. En otro escenario, en San Siro con más de 60 mil personas observándolo, en octavos de final de la Champions, contra el mítico Milán y con el balón a dos metros de distancia y ubicado en posición muy incómoda. Contra la marca de los rossoneros. Pero el hispano-brasileño ya ha pasado por el infierno de las lesiones, ya ha pasado por los suburbios más humildes de Madrid, ha sentido Vallecas, ha sido cedido, traído y vuelto a ser cedido por el Atleti, y ya ha tenido suficiente. Suficiente experiencia y aprendizaje. Ahora es la leyenda de Lagarto. Retrocede, se acomoda, alcanza perfectamente la trayectoria del balón e impacta con una potencia imposible. Ahora le da el triunfo al Atleti en un partido trabado, duro, complicado, con pocas ideas en el medio, con una parada de Courtois y el palo como mejor aliado y se marcha al vestuario. Porque cuando el Atleti no apostaba por él, siguió intentándolo y esforzándose para llegar a jugar en ese equipo que para ese tiempo daba vergüenza a sus mismos seguidores. El Atleti no le ofrecía el futuro idóneo pero persistió hasta alcanzar la meta. Cuando llegó a la meta, amando a ese escudo, se dio cuenta que su realidad no solo había cambiado, sino la realidad del club. Se encontró con un equipo convencido, ganador y competitivo. Se encontró con un equipo campeón. Se encontró con Diego Simeone, el primero, el Rey.

 Nada de partido brillante ni creativo, a eso que nos tiene acostumbrado el Atleti en las grandes citas. El equipo que hoy vestía de rojo era más que los nuestros en la primera mitad pero no logró marcar y le dio la oportunidad de resurrección a los colchoneros. Bajo el mando de Resurreción, el jugador, el Atleti no perdonó y castigó por no haber sido castigado. El Atlético de Madrid es un equipo que en cualquier momento puede anotar y dejarte afuera, por eso dejarlo vivo y no anotar en los momentos precisos y oportunos te puede costar caro. Eso lo aprendió el Madrid y lo aplicó a la perfección en la idea de Copa. No nos entregó la mínima posibilidad de tregua, respiro y recuperación con una eficacia absoluta, con la suerte de su lado. Es difícil dominar y anotarle al Atleti, aún peor dejarlo sin mínima oportunidad de remontada. El Milán ya lo sabía, pero lo comprobó en físico. Las cuatro derrotas del Atleti en partidos oficiales después de siete meses de competencia lo demuestran.

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Siempre habrá críticas que dirán que Insua fue un coladero (críticas que no toman en cuenta que un equipo del prestigio como el Milán va a llegar sí o sí en un partido), que Cebolla no aporta (a pesar de que le dio el último respiro que necesitaba el equipo), que nuestro medio campo no funciono en la primera mitad. Yo me quedo con la otra parte. Con la parte de que el Atlético de Madrid venció a uno de los mejores equipos del mundo por historia, en su propio estadio, con cerca de cuatro mil hinchas colchoneros que hicieron escuchar el himno y que cada vez estamos más cerca de ese sueño con Diego Costa, nuestro guía. Quedarse con el lado negativo esta vez sí es de pesimistas y “destructivistas”. Es ilógico. Después de años el Atleti tiene un sentido de ser. Después de quinquenios, el Atleti ha vuelto a la élite mundial, una élite muy minoritaria y exclusiva.

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Twitter: Colchonero2012

Fotos: as.com

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