Etiquetas

, , , , , , , , , ,

D’Artagnan, Aramis, Porthos y Athos son los protagonistas de la novela “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas, historia acerca de la lucha de estos mosqueteros por dejar en alto el honor, la justicia, la verdad y el sacrificio por el rey. Estos cuatro personajes creados por Dumas sabían que su labor no les aseguraba la riqueza absoluta ni tampoco una vida llena de facilidades, pero sabían que su deber sagrado era defender al rey. A pesar de que hacerlo no les garantizara tierras ni jerarquía, cumplieron su labor de manera honorable porque así lo sentían correcto, así se sentían satisfechos. Una satisfacción de haber logrado el objetivo luchando contra las adversidades y sin que nadie les regalase nada. Fueron cuatro mosqueteros y fueron cuatro minutos. Doscientos cuarenta segundos para que el Atleti volviese a sentirse un equipo que aspira a todo y que al igual que D’Artagnan y compañía, lucharán con honor por una causa justa y admirable. Con cuatro espadachines que hoy estuvieron presentes y que resultaran imprescindibles (como cada pieza del equipo) en esta lucha contra la adversidad, en este camino por obtener un trofeo exclusivo de dos equipos. A continuación, la historia de los cuatro Diegos.

Diego Simeone regresaba a la tierra prometida después de años en los que conoció el éxito y el fracaso, pero sobretodo en los que consolidó su imagen de líder y motivador por excelencia. Desde que regresó al lugar que nunca se fue de su corazón, todos fueron para él. Raúl García deambulaba por el área, sin recordar su pobre rendimiento en el “Triángulo de las Bermudas” (Madrid-Almería-Madrid), pero seguro de revindicar la confianza que su Rey había puesto en él y no volverle a fallar nunca. Un nunca que acabará cuando vengan los rivales top de Europa, cuando RG8 vuelva a jugar en el mediocampo de volante creativo, en una banda, de extremo o lo que sea que no sea terminar la jugada con el balón dentro de las redes o en la tribuna del respetable, ese respetable que no llenó el Calderón a pesar de que su equipo terminaría líder absoluto noventa y cinco minutos después. Con ese deseo de venganza para mandar al remolque a todo ese “clan” que venía regocijándose y criticando al palacio del Rey, tiró una vez para levantar por completo al estadio y segundos después otra vez para que nuevamente sus cuerpos se separen del asiento y apareciese en escena el otro Diego. Para calmar a  Diego I y para dar entrada al talento, fuerza y energía descontrolada de Diego II.

Diego, el segundo, salió de su patria como una promesa  y regresará como una estrella, para muchos como una traidora, como una estrella enemiga. Pero es un jugador que tiene como única patria la bandera rojiblanca, el único lugar donde la gente lo quiere, lo admira y lo siente como uno de los suyos. El único lugar donde por el momento se siente querido. Dentro de su nueva patria, los distintos reinos le escupen, rechazan, insultan e intentan minimizarlo cuando en realidad logran lo contrario, convertirlo en ese Lagarto dispuesto a acabar con todo. Al otro lado del océano, en esas tierras calurosas y de carnaval, nadie celebrará sus goles, nadie coreará su nombre. Pero en algún hogar de ese país alegre habrá una bandera rojiblanca y Diego, el segundo, sabrá que en ese diminuto espacio late su corazón. Mientras corre y al mismo tiempo ve al portero salido, sabrá que en cuestión de segundos ese hogar estallará de felicidad, una felicidad que no gozarán miles de sus compatriotas. La pelota va por encima del portero y se dirige al arco antes de los 240 segundos. Se levanta la bandera del Frente y la esperanza de esos miles de hogares rojiblancos, esa patria sin patria.

Los titulares dirán que el Atleti ha regresado en menos de cuatro minutos, aunque los expertos y experimentados sabrán que nunca se fue. La intensidad y las jugadas preparadas estaban de vuelta frente a un rival débil, que como dijo su entrenador al final del encuentro: “Esta no es nuestra liga”, en referencia a los tres competidores por el campeonato. Ya con el resultado asegurado, los espadachines se alistaban para guardar sus armas y esperar el duelo en Milano, pero uno todavía quería más: Diego, el tercero. No se cansó de recorrer toda la cancha en tres oportunidades para mostrarle al mundo que si sus enemigos golean, ellos también pueden hacerlo. Dosificando energías y todo. Ya no sería Koke el asistente del gol, sino otro Diego, el cuarto. Ese jugador que nunca debió irse y que dejó su alma en el Calderón. Por ello, era recordado hasta la alucinación por sus antiguos compatriotas de grada, esos que cada domingo en la ribera están tan cerca de los ídolos como tan lejos. Los aficionados nunca conocerán personalmente a los cuatro Diegos, ni viceversa, pero la alegría y cariño que unos les pueden dar a los otros es incomparable.

Diego, el primero, el Rey, se retira tan rápido como el árbitro toca el silbato. Con la conciencia tranquila, con el esfuerzo hecho y con el optimismo intacto. Sabe que una vez más alegrará el fin de semana de su patria, esos millones de habitantes que hace quinquenios no veían tan cerca la gloria del día a día, la gloria de la Liga. Mientras el grupo esté, el Atleti perdurará y la leyenda de los cuatro Diegos se hará más fuerte e histórica. Uno para todos, todos para Diego, todos para el Atleti.

Twitter: Colchonero2012

E-mail: atleti2012@hotmail.com 

 Fotos: Infierno Rojiblanco

Anuncios