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La noche empezaba con una pequeña llovizna pero se sabía que se iba a librar una gran batalla. Los leones invictos del nuevo San Mamés habían logrado recuperarse después de haber sido derrotados en dos finales consecutivas en mayo, ya hace más de medio año atrás. Era su oportunidad de vengarse de ese equipo, también rojiblanco, que había comenzado por convertir el sueño en pesadilla.  Esta vez no estaba Radamel Falcao ni Diego, los verdugos de la gesta vasca, pero habían surgido de la marginación, con mucho esfuerzo y sudor, otro par de guerreros: Raúl García y Diego Costa. Pero sí estaba el “hijodeputa” Simeone, ese hombre que nuestros rivales veían como principal responsable de su derrota, y las gargantas de ese equipo que solo juega con individuos de la región se posaron en él, el indicado para sufrir una nueva gesta vasca. Todavía llovía poco pero los aficionados del Athletic ya veían en un personaje, que jugara por su querida y odiada patria, la reencarnación del Tigre. A los 25 segundos el nuevo San Mamés se paralizaba porque el Lagarto Costa se preparaba para convertir la batalla en funeral. Lo haría 80 minutos después.  En la mitad de ese tiempo las ilusiones de muchos aficionados de Athletic se habían evaporado así como las lágrimas de los rojiblancos, que no del Atleti, que asistieron al Calderón para observar una victoria vasca. Esa vez se llevaron una catalana.

La risa de Simeone al anotar Costa hicieron de la batalla una tragicomedia para el Atleti. Primero fue lo trágico, luego la comedia. Los locales movían el balón con inteligencia pero le agregaban profundidad y creación de ocasiones de gol. Sería exagerado decir que llegaban al arco del emperador Thibaut solo con el juego de toque, ya que las principales ocasiones que crearon fueron con centros, no pelotazos, al área rojiblanca. Nuestros actores se sabían el guion de memoria: esperar, esperar, reventar, quitar y contragolpe con asociación Koke, Costa y tal vez por ahí Adrián. Pero ese era el problema. Los nuestros no sabían qué hacer con el balón ya que Koke jugaba en la posición de doble pivote, Arda veía el partido por televisión y hacerlo era demasiada responsabilidad Adrián, el Cebolla y Raúl García. Demasiada y equivocada responsabilidad, porque su función no es aquello. El uruguayo es un revulsivo con el balón, Raúl el segundo delantero que todo equipo quisiera tener y Adrián, por ahora, el delantero que ha vuelto a ser un diamante en bruto. Ellos no hacen del papel de Arda. ¿Diego Ribas? Luego no digan para qué.

Y es que la tragicomedia pudo quedarse solo en la parte trágica. El Athletic no venía a jugar y le creaba ocasión tras ocasión. Tenía el balón, pero a diferencia de muchos equipos que juegan contra el Atleti, también tenía el control del partido y las oportunidades. El momento “Red Bull”, “Movistar” o como quiera llamarlo el patrocinador llegaba con el gol de Aduriz. Pero el optimismo enardecido llegó cuando el emperador belga atajó otro cabezazo de Aduriz. Sí, este Atleti no era invencible. Sí, este Atleti pudo irse al descanso eliminado.

El diluvio aumentaba y los nuestros se acordaron que no habían venido a ser las víctimas, sino los aguafiestas. Tal vez otros Atletis habrían caído y se habrían excusado en circunstancias atmosféricas como la que caía, pero el del Cholo es diferente. El Atleti de Simeone, de Gabi, de Costa, de Insúa y de todas esas partes que aportan su granito de arena hizo que la lluvia les sonriera. Ellos no iban a jugar contra el clima, ellos iban a sonreír en esta. El diluvio, la tristeza y la frustración tan asociada a este tipo de clima eran para otros. No eran los protagonistas de una película donde el protagonista agacha la cabeza mientras las gotas le empapan el saco. Raúl García lo sabía y es por ello que tras su primer remate, no agachó la moral. Siguió levantada, y tras centro preciso del Cebolla, “sí claro, el uruguayo no cuenta, no presiono a los rivales ni un solo segundo, hoy jugamos con 10” (sarcasmo para los que no lo entendieron), Raúl volvía a intentarlo y esta vez sí lo lograba. La comedia empezaba y los más allegados al Atleti lo sabían. Yo lo sabía.

Los críticos destructivos (y encima hinchas del Atleti) dirán que Insúa, Adrián y el Cebolla no cuentan. Que jugamos con ocho. Como si Insúa hubiera dejado que su carril sea un coladero, como si Adrián (si bien errático en el ataque) no hubiera colaborado en ejercer esa presión compacta de grupo que solo se logra si cada uno cumple su parte, como si el Cebolla se hubiera quedado parado todo el partido. Que no son Filipe, Arda ni Villa pero hoy frente a un gran rival, y con ellos presentes, el Atleti clasificó a semifinales.

El aguafiestas del Bilbao (y tal vez de muchos otros grupos de fútbol y de prensa) se sabía clasificado. Nadie había vencido al Athletic en su campo pero los rojiblancos de Madrid lo hicieron. Estupendo pase de un Koke que volvía a la normalidad para que Diego anotara su primer gol del año. Para que comenzara la comedia, las risas y la celebración por la tensión que se había generado en el ambiente. El Atleti había salido motivado de la charla del medio tiempo, había adelantado líneas y había comenzado a hacer lo que siempre hace: jugar y contragolpear con intensidad y su toque calidad. Habían salido once valientes que a pesar de las circunstancias sabían que llevaban un escudo rasgado en su camiseta. Pero no era necesario, porque lo llevaban por dentro. No podían defraudarlo. No lo hicieron.

Twitter: Colchonero2012

E-mail: atleti2012@hotmail.com

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