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No había dormido bien en días, y se sentía cansado y agobiado. Se sentía débil de cuerpo y mente, con bolsas en los ojos del sueño acumulado, y lo que más deseaba era descansar y despertarse una semana después. Había un último reto antes del descanso, él sabía que podía dejarlo de lado y hacer un papel “para cumplir” por las pocas fuerzas que le quedaban, pero  algo en su interior le decía que tenía que hacer ese último esfuerzo final y bien. Vestía una camiseta rojiblanca en pleno día de verano, podía estar en la playa como todos sus amigos de colegio y olvidarse de ese último reto que tenía que hacer porque, de todas maneras, ya había hecho un papel decente. En este momento de incertidumbre, prendió el televisor y vio a once tipos con una camiseta como la de él. Nunca había entendido muy bien ese sentimiento colchonero de su padre y tíos. Llevaba puesta la camiseta más por rutina que por afición. Observó cómo los once jugadores rojiblancos tenían unos gestos parecidos a los de él: cansancio y saturación. Pero seguían corriendo, arengando, empujando, metiendo la pierna fuerte y cuando parecía que no lograrían su objetivo, un último esfuerzo los ubicaba como reyes de España y Europa. Escuchaba los comentarios de los narradores y cómo hablaban de la dedicación, compromiso y lucha de los rojiblancos a pesar de que las fiestas navideñas ya llegaban y la fatiga estaba acumulada. Nadie les iba a reprochar algo si empataban o perdían, pero habían decidido dejar de lado la distracción del receso y sacar fuerzas de donde no quedaban. De dar ese último empuje que los había diferenciado del resto. Cambió de canal y vio el desgano de un jugador argentino calentando en la banda. Vestía una camiseta blanca. Un jugador que ganaba mucho más que los once tipos que había visto antes pero que no les llegaba a los talones en cantidad de esfuerzo y dedicación. Entro su padre a la puerta, que había estado presenciando la escena: “¿Cómo quién quieres ser? Porque tengo un camiseta igual a la del jugador argentino en la bóveda”. Su hijo respondió: “Y que se quede ahí por el resto de nuestras vidas”. Esa noche no salió ni descanso lo debido para dar ese último esfuerzo. Así como los once jugadores en el campo habían decidido hacerlo. No se diferenciaba del jugador argentino solo por los colores y tampoco por su actitud hacia un equipo y hacia el otro. Se diferenciaba porque había logrado relacionar su vida con los valores de su equipo y lo había hecho para bien. No solo veía los partidos del Atleti, sino que a cada uno le daba una interpretación para aplicarla a su vida diaria, una rutina de superación, inconformismo, responsabilidad a inteligencia. El Atleti le ayudaba a llegar a ese estado. Al día siguiente, al despertar, comprendió lo que significaba el equipo del escudo del oso y el madroño.

 

El partido que vio nuestro personaje fue el del sábado. Un equipo que no mostró el fútbol de otros partidos pero que sacó la garra, el empuje y el desgaste físico para ocupar cada metro del campo y hacer que el rodillo funcionara por las buenas o las malas. Es una blasfemia decir que el Atleti no juega bien al fútbol, que solo sabe tirar pelotazos con un juego tosco,  y “agresivo” en el mal sentido de la palabra. En otras palabras, que juega feo. No sé de donde habrá salido esa idea pero el error es que actualmente se piensa que la única manera de jugar bien es jugar como el Barcelona. Se ha generado un etnocentrismo de ese estilo en el cual todo lo que se diferencia de aquello es tildado de “cobarde”, “hosco”, “aburrido”, más aún si es de un equipo como el Atleti. Un equipo que como no vende no debe figurar porque va en contra de los intereses económicos de muchos. El Atleti tiene partidos con buen fútbol, otros con no tan bueno y otros con mal fútbol pero casi siempre se lleva los tres puntos. Quiero creer que la gente que dice que el Atleti juega feo no ha analizado bien al equipo y si siguen jodiendo habrá que regalarles por Navidad los DVDs de tres partidos que me parecen claves: contra Bilbao en Bucarest, contra el Chelsea en Mónaco (ambas finales europeas) y contra el Madrid en el Bernabéu por Liga. Lecciones de fútbol y de cómo jugar finales.

 

El Calderón sintió miedo. La intensidad no era la misma, había vacíos defensivos que no habíamos visto a lo largo de la temporada y la circulación de la pelota no era la ideal. El derroche físico y la disciplina táctica habían generado un 2-2 en el marcador. No hay que quitarle crédito al Levante, que salió muy enchufado con más intensidad que la de los locales y con una eficacia muy grande. El Atleti tenía la posesión pero el Levante se posicionaba bien y no nos dejaba jugar. Un Villa errático una vez más, un Arda que no lograba darle la diferencia de calidad que necesitaba el Atleti y una defensa que como nunca daba concesiones, concesiones que se transformaba en los dos goles contrarios. Pero apareció ese extremo convertido a lateral llamado Juanfran. Un jugador que tenía que pagar los platos rotos por el excelente papel de Filipe. Todos lo comparaban con el brasileño y quedaba pequeño pero no entendían que el Atleti explotaba la banda izquierda, no la derecha. Esta vez se decidió apostar por la derecha y Juanfran se adueñó de ella. Así llegaría el primer gol y el penal. En penal más tenso de la temporada en el cual el nerviosismo  y la desconfianza se apostaban sobre Diego Costa. Los rumores crecían: que no la mete, que ha errado dos penales en partidos anteriores, que no tiene la técnica, que patee Gabi….gol. Y una vez más demostró que tal vez no tenga la mejor técnica de golpeo pero tiene la personalidad, la confianza y la práctica para decidir jugadas tan trascendentes como aquella. Eso suplanta la carencia de calidad. En el Atleti, eso suplanta los millones del equipo de ese jugador blanco que calentaba desganado en la banda. ¿Qué camiseta escogerás? Alto. Cuando lo decidas, sé un digno portador de ella.

 Felices Fiestas

Twitter:Colchonero2012

E-mail: atleti2012@hotmail.com

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