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Antes de comenzar el partido recordaba dos frases de dos baluartes del Atlético de Madrid: Gabriel Fernández y Diego Simeone. El primero, en una entrevista que le realizó la revista Panenka, respondía con la seguridad e identificación de valores que tiene en el campo: “Para mi supone un halago: si ganamos será porque nos lo hemos merecido entre todos, no porque los megacracks no salven el culo. Por eso estamos tan unidos y nos sentimos tan participes”. Para cerrar con otra frase excelente: “Gusta más conseguir las cosas con trabajo y sacrificio que, simplemente, ir a compararlas”. Se demostraba una vez más que los nuestros habían captado el mensaje. En el Atleti no hay cracks a pesar de que la prensa nos quiera hacer creer que Diego Costa es uno de los pocos responsables de este buen momento. Que él es el Messi o Ronaldo del Atleti. No hay mayor falsedad que la mencionada. En el Atleti no existe ese concepto, todos son los cracks, nadie se cree más que otro y hacer una bandera con la cara de un único jugador sería un insulto para la plantilla y para los valores colchoneros.  Porque ese trofeo llamado Balón de Oro no debería otorgarse a un jugador, sino a un equipo. Ni Ribery, ni Ronaldo ni Messi serían lo que son sino fuera por los otros 15 jugadores que juegan a metros suyos.

 

Concluía el partido del miércoles contra el Porto y un periodista le preguntaba al Cholo si era difícil motivar a la plantilla a jugar un partido con la clasificación asegurada. Una pregunta un poco tonta pero con una gran respuesta: “No puede existir mayor motivación que llevar puesta la camiseta del Atlético de Madrid”. Eso fue lo que le faltó a muchos entrenadores que pasaron por el banquillo del Calderón. Jugadores como Agüero y Forlán nunca llegaron a sentirlo de lleno y pusieron su ego personal por encima del resto. Si el argentino regresa en calidad de rival al Calderón, no se merece una ola de insultos ya que nos dio mucho, pero tampoco se merece ni el más tímido aplauso. Porque no dio todo jugando en un club glorioso y cuando alguien hace eso, solo se me merece la indiferencia.  Y si el Atleti en esa época no jugaba para él, él tampoco dio todo lo que pudo para sacar adelante el barco. Así como no lo dieron los entrenadores y jugadores de turno. Sí lo dieron hace pocas horas. El Atleti salía con su alineación de gala frente a uno de los rivales más duros de esta temporada.

Una señal mala de internet y unos transmitidores españoles que están a océanos de distancia de los argentinos o latinoamericanos en general. Un partido de fútbol se transmite como si fuera el último, no como si uno estuviera tomando la siesta. La poca emoción de sus voces llegaba al terreno de juego. Si uno quiere ver un movimiento táctico equilibrado y disciplinado tiene que ver el primer tiempo que jugaron hoy. Los dos equipos se defendían muy bien, no permitían que el otro tuviera llegadas claras, el Valencia con su doble línea de 4 tenía más posesión pero sin verticalidad y el Atleti tiraba centro tras centro para ver si algo distinto a un despeje ocurría. Los tímidos ataques de un equipo hacían que los contragolpes fueran desarticulados rápidamente. No había ni se creaban espacios y cada jugador tenía a un hombre encima cuando intentaba ver una opción de pase. Claro, un movimiento táctico disciplinado que generaba pocas ocasiones de gol. Es más, el Valencia ni llegó al arco en el primer tiempo, cosa que se repetiría en el segundo también.

 

Pero el Atleti llevaba puestos unos colores y el Valencia otros. Sonara obvio, de hecho lo es, sin embargo, los rojiblancos estaban convencidos de que el triunfo llegaría. Sabían que sus valores de disciplina, esfuerzo y trabajo los hacían un equipo asfixiante, con gran capacidad física para aguantar jugando de esa manera otro tiempo completo pero la gran pregunta era si el Valencia, con otros colores (otros valores, ideas, estilo de juego, conceptos de gloria), podía hacerlo. No podía, no pudo. El Atleti salió enchufado en su apogeo físico y el conjunto rival ya dejaba espacios. Los 72 hinchas visitantes que fueron vetados de ingresar al estadio por hechos de violencia en los alrededores veían como su oportunidad de ver a su equipo en vivo y el triunfo se veía frustrada. Un pase de Godín a la contra era recibido por Diego Costa. Un rival y un portero que esquivar. Amague, amague, amague, mínimo espacio, tiro y gol. Sin siquiera sacarse al defensor de encima el brasileño aprovechaba el pequeño espacio que le cedía el defensor para anotar. Lata destapada.

Raúl García ingresaba por Villa, pero en ese momento no sabía que sería el hombre que cerraría el encuentro. Dos minutos más tarde, ubicado como siempre en los lugares del rebote por ese olfato goleador, se encontraba el balón en sus pies para rematar. Todos sabían lo que pasaría y los aficionados rivales también conocían esa sensación: mucho por jugar y nada por ganar. El Calderón, un Calderón con una entrada un poco más digna por estar líderes, comenzaba a botar. Balón que botaría Alves en el primer penalti por Diego Costa y pensaría en ese momento que su afrenta a Costa resultó. Pero no sabía que minutos después estaría parado frente al mismo jugador en la misma situación. Y que esta vez sería la víctima del pichichi del brasileño. Un jugador que cuando nació en Lagarto no se hubiera imaginado que décadas después estaría en el otro lado del charco defendiendo otros colores. Defendiendo otros colores contra los de su patria. Así como tampoco se imaginó, levantado por los hinchas del Rayo en mayo del 2012 en una invasión al campo de Vallecas, que un año y días después, lograría una gesta con el Atleti, una gesta que todavía no termina. Y todavía no se puede imaginar, que para agosto del siguiente año, podrá salir aplaudido de todos los campos de España. Incluido del Bernabéu.

 Nos vemos en el Calderón

Twitter: Colchonero2012

E-mail: atleti2012@hotmail.com

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