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Muchos dicen que del Atleti se nace, pero en mi caso no fue así. Sin nadie ni nada que me enseñara que era, que significaba ni que transmitía (si la prensa pasa del Atleti cuando es supercampeón de Europa y segundo en una Liga desnaturalizada, imagínense cuando ni siquiera tenía la remota posibilidad de lograrlo) las cuestiones del azar hicieron que prendiera el televisor y enfrente vea un equipo de negro que jugaba contra el Liverpool en un campeonato europeo, seguro UEFA pensé. En ese equipo jugaban dos tipos con gran carisma en Sudamérica y los cuales yo estaba seguro que encajaban en los valores del Atleti (sabía que era un equipo por debajo del Madrid y Barca, un equipo luchador al que nadie le había regalado nada) que eran Sergio Agüero y Diego Forlán (el tiempo me mostraría que estaba totalmente equivocado). Eran mis ídolos, y decidí apoyar por esa tarde al Atleti. Todavía recuerdo que cuando los comentaristas decían “Y va el Aleti” no sabía a qué equipo se referían, aunque sí me enteré que con el 1-0 se iban a penales. Se me heló la sangre al ver como el equipo local anotaba el segundo, pero grite por dentro el gol de Forlán en el último minuto. Nacía un vínculo que se fortaleció al ganar la final en Hamburgo. Un gran equipo pensé, con unos grandes héroes como el uruguayo y el argentino. Un equipo en donde todos iban en la misma dirección, en la correcta, honesta e humilde. Otra vez el tiempo me demostraría que estaba equivocado.

Pero había algo que no cuajaba. Pasó el tiempo y en Liga ese Atleti que había visto conseguir el doblete venciendo al Fulham e Inter no era lo que yo esperaba, ni lo que yo quería. Era un equipo sufridor y con una conexión con la hinchada tremenda, algo que yo gozaba, pero al fin y al cabo era un equipo mediocre y perdedor. Rara vez veía los partidos, y cuando lo hacía, veía como el Atleti marchaba sétimo, lejos de la jerarquía mundial, como lo goleaban en campos visitantes (recuerdo un 3-0 en Pamplona, en los tiempos de Sinama Pongolle, y un golazo del ecuatoriano Caicedo en el Ciutat de Valencia). Los golpes al orgullo seguían y llegó la eliminación temprana en la fase de grupos de otra Europa League.

Hasta que decidí analizar al equipo, partido a partido, hacerme hincha y así sentir en carne propia la escasa gloria del momento y el constante fracaso. Llegaba Manzano, Diego y Falcao. Una nueva temporada comenzaba. Para ser sinceros, el papel que el Atleti cumplió en esa primera etapa fue desastroso y hubiera espantado a cualquier simpatizante en busca de hacerse hincha acérrimo del club, y en esas yo andaba. Pero yo no soy de esos hinchas que está cuando las cosas van bien y no está cuando pasa lo contrario. La derrota contra el Betis por 0-2 en el Calderón, diciembre del 2011, fue el punto clave que me enseño lo que había sido, lo que era y lo que podía ser el Atlético de Madrid.

¿Por qué el Atleti siempre pierde? Eso fue lo primero que escribí en el buscador de Google tras la derrota contra el Betis, que nos dejaba cerca del descenso. Una pregunta simple, con una respuesta y contexto muy complejo. Adivinen que salía en los primeros diez enlaces, lo que un aficionado con un intelecto mínimo podría responder: Enrique Cerezo y Gil Marín. Me enteré que el Atleti había sido campeón del mundo, que había disputado palmo a palmo la Liga con el Barcelona y el Madrid, que su rendimiento actual (o el de los últimos 22 años) era uno nefasto y que insultaba y pisaba el escudo, los valores y la gloria que alguna vez había tenido ese equipo con Luis Aragonés, con Vicente Calderón, con Juan Carlos Arteche, con Futre y muchos más. Toda era una red de mediocridad, de casos de corrupción, desprestigio y sentimiento de inferioridad sistemática. Un club que había sido robado por un pezzonovante llamado Jesús Gil, que había tratado al Atleti como una empresa más, un medio para sus fines económicos, y que desde su llegada el equipo había entrado en su peor etapa histórico. Crisis económica, pérdida del sentimiento, escasos títulos y demás. Pero lo peor todavía estaba por llegar. Al menos Gil padre se interesaba un poquito por la marcha del equipo, tenía un peso dirigencial importante, no dejaba que basurearan al Atleti y logró algo bueno entre todo lo malo: un doblete.

Enrique Cerezo fue presidente y se perdió el peso dirigencial y la jerarquía que le quedaba al Atleti. Llego el descenso a Segunda, se transformó un club histórico en una empresa de compra-venta de jugadores, se invirtió mal, y lo que no se invirtió (se muestra en acusaciones) pueden haber ido a  parar a las arcas de estos personajes, comenzaron a destaparse los casos de corrupción, el aficionado comenzó a importar tanto como a Mourinho un equipo chico, se le insultó, se le cambio el estadio sin preguntar, se lanzaron spots para tratar que los atléticos nos acostumbremos a las derrotas (porque esos spots tendrían razón al perder una final, una semifinal, una Liga en la última fecha, pero no por un descenso a segundo ni por estar 15 años sin títulos), se creó una deuda que le obliga al actual Supercampeón de Europa comprar jugadores a “coste 0”, comenzó la racha (van 12 años) sin ganarle al Madrid, los medios vieron al Atleti como el hazmerreír perfecto de la Liga, nuestro presidente posaba alegre con la camiseta del eterno rival (Jesús Gil nunca habría hecho aquello, menos Vicente Calderón) y se perdieron los valores rojiblancos. ¿Cuáles valores? Los de entrega absoluta, humildad, honestidad, gratitud, respeto, la idea de luchar contra todo, contra todos, de lograr con esfuerzo lo que otros pueden con dinero, de estar convencidos que todos los que integran el Atlético de Madrid saben su historia y lo grande que representa dirigir, jugar y ser miembro de este club. Porque el Atleti más allá de un equipo, es un estilo de vida.

Todo eso se había perdido. Entrenadores y jugadores mediocres, hipócritas, incapaces para el cargo, que “negociaban” su esfuerzo, que llegaban a tocarse los cojones en frente de su propia hinchada y decir que nunca más volverían a jugar en el Atleti, que veían al equipo como un puente para lograr su camino al éxito, sin importar herir a los que tanto los habían aclamado y admirado por años. Quique Sánchez Flores nos tiró un sedante, pero no fue la solución, igual quedará en la historia por el doblete que nos hizo darnos cuenta que sí podíamos ser grandes. Un entrenador que siempre quiso que estuviéramos con la frente en alto. Gregorio Manzano no fue la excepción al círculo vicioso y junto con Enrique Cerezo y compañía cavaban más la tumba de un Atleti vivo en cuerpo pero muerto en alma, mientras que sus aficionados veían como se podía tirar una temporada en apenas 5 meses. Los valores, el esfuerzo, la calidad, la gloria, la humildad, la honestidad, todo estaba tapado por una directiva sinvergüenza. Para el aficionado toda contratación era un paquete, Mario, Gabi, Arda, incluso Falcao. Ya ven ahora que no lo eran, pero el ambiente y el poco respeto por la historia y valores que el entorno trasmitía se contagiaban y ellos lo sentían así. Era algo (porque no se le podía llamar ya equipo de fútbol ni estilo de vida)  perdido en el caos y la desesperanza. Hasta que llegó un iluminado. Hasta que llegó Simeone.

Continua….

Twitter: Colchonero2012

E-mail: atleti2012@hotmail.com

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